Fernando de León y Castillo (1842-1918) 
Nació en Telde el 30 de noviembre de
1842.
Tras estudiar la segunda enseñanza en Las
Palmas, se hizo abogado en Madrid, donde comenzaron sus ensayos periodísticos e
inclinaciones políticas.
Ya en 1863 publica en el periódico Las
Canarias, de Madrid el artículo El Puerto de la Luz, sobre el que
afirma que nuestra Isla debe fijar su vista, sin apartarla un solo momento,
en la construcción del Puerto de la Luz por ser el punto de partida para sus
proyectos ulteriores, la base de su futura riqueza y prosperidad, y la primera
señal de vida de un pueblo que parece expirar apartado de los demás.
Diputado a Cortes por Gran Canaria en
1871, Gobernador Civil de Granada y Valencia, Subsecretario del Ministerio de
Ultramar, fue nombrado Ministro en el primer Gobierno de Sagasta con Alfonso XII
en febrero de 1881. Entonces consiguió que se ordenase el estudio con la mayor
urgencia de un proyecto que convirtiera el Puerto de la Luz en puerto de
refugio, enviando 200.000 pts. para las obras preparatorias. El proyecto fue
aprobado en abril de 1882, rematado el 28 de septiembre por la casa inglesa
Swaston y Compañía, en 8.639.675 pts. y terminado en 1902. El Puerto
constituyó la profecía de su juventud, el triunfo de la plenitud de su vida y
una de las grandes satisfacciones de su vejez. La noticia del remate provocó en
Gran Canaria un movimiento de adhesión tan grande a favor de León y Castillo
que todos los partidos plegaron sus banderas, encomendándole la dirección
política del país.
Al frente de sus cargos en Madrid siguió
trayendo un beneficio tras otro para Gran Canaria: carreteras, el Faro de
Maspalomas, el Lazareto de Gando complemento entonces del Puerto, la escala de
la Trasatlántica, el telégrafo, el establecimiento de las casas carboneras y
todo cuanto permitiera hacer de la ciudad de Las Palmas la primera población
del Archipiélago, con condiciones para reclamar en tiempo oportuno la
reivindicación de sus antiguos derechos o la división de la Provincia. Su
inigualable gestión política a nuestro favor se constata al estudiar cómo era
Gran Canaria en 1871, fecha de su primera elección, y cómo la dejó al morir
en 1918.
Ministro de la Gobernación en 1886, tomó
posesión de la más importante representación española en el exterior, como
Embajador en París en 1888, cargo que desempeñaría hasta su muerte en
Biarritz en 1918. Su cadáver permaneció en Francia hasta 1928, fecha en la
que, con los mayores honores multitudinarios fue trasladado a Las Palmas de Gran
Canaria, donde reposa en un artístico mausoleo de la Capilla de Sta. Teresa de
la Catedral de Canarias.
Es de los pocos políticos de renombre que
ha dejado transcritas sus memorias bajo el título Mis
tiempos, en cuyas palabras podemos constatar los muchos obstáculos a los
que se enfrentó y el interés patriótico por el bien de Gran Canaria que lo
guió en todo momento:
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En último término, no está lejano
el día en que se establezca la división administrativa de la
provincia, declarando independientes los dos grupos de islas en que
moral y políticamente desde antiguo viene dividida la provincia.
[...]
El espíritu
hostil de Tenerife, intransigente en su afán de predominio, queriendo
absorber por entero la vida insular, impidió bien pronto toda tentativa
de noble inteligencia y de concordia patriótica. Pesaron más en su
actitud el amor propio que la convivencia, mucho más un odio atávico
que el mutuo respeto y la mutua estimación de una vida nueva que sin
sus violencias rebeldes pudo ser fecunda en mejoras y provechos para
todos.
Conviene recordar
que Gran Canaria, la isla más antigua, más rica y más importante, que
había dado nombre a todo el Archipiélago y fue su capital durante más
de tres siglos, vivía en verdadera postergación, sin que los Poderes
públicos se cuidasen de fomentar su riqueza y de establecer las
necesarias comunicaciones entre sus pueblos. La isla de Tenerife gozaba
de todos los favores y protecciones oficiales, y sus representantes en
Cortes se daban plausible maña para demandar y obtener mejoras.
Tenerife veía ensanchar sus carreteras, sus puertos; contaba con su
Instituto de segunda enseñanza, con todos los organismos necesarios
para el desenvolvimiento de su progreso y el mantenimiento de su
preponderancia. Gran Canaria y las Islas Orientales, huérfanas de
eficaz apoyo en la Corte, se veían en total abandono, sometidas a un
centralismo provincial notoriamente estéril para todo adelanto.
Contra mí se desataron en Tenerife todas las iras, sólo por cumplir
con mis deberes, poniendo celo en obtener para mi tierra natal, que
representaba, sin mermar ni oponerme a las concesiones hechas a la isla
vecina, todos los beneficios que pude lograr. Contra mis amigos se
desataron las turbas en Santa Cruz un día de Viernes Santo, que señala
una triste fecha, escapados a las turbulencias y al motín en las
calles, donde se dieron voces de muerte, merced a la intervención de la
fuerza armada, que evitó una jornada de tremendo duelo, pero que
permanece como un día de infeliz memoria.
[...]
Mi obra ha sido de
patriotismo y no de caciquismo. La entrego al juicio imparcial de las
gentes de recto pensamiento y honrado corazón. De todo el bien material
que las reformas y mejoras concedidas en todos los órdenes han
reportado a mi tierra natal, todos se han beneficiado, porque la riqueza
se ha distribuido en común, extensiva y sin limitaciones, desarrollando
todas las fuerzas vitales del país y garantizando medios de vida con
holgura a todas las clases sociales.
Ni tuve una mira
interesada ni recogí ningún provecho personal. Por otra parte, rehuí
sumar mi nombre a los abanderamientos políticos locales. Sólo pedi
concurso para mi obra al patriotismo de mis paisanos. Nunca me sentí
inclinado a las banderías, y mucho menos a la preferencia de personas.
Si éstas cambiaron, en ocasiones, de actitud, prestándome o
retirándome su colaboración, era sin duda por el extravío de colocar
la codicia del poder político por encima del desinteresado espíritu
patriótico, que fue siempre mi ideal y aconsejó mis resoluciones. El
país, y no los hombres, ante todo y por encima de todo. |
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